Entre las décadas de 1920 y 1930, antes de que existieran los ordenadores electrónicos, las universidades y museos científicos de Europa y Estados Unidos exhibían artefactos que hoy llamaríamos, con cariño y un poco de ironía, los fósiles de la inteligencia artificial. Eran máquinas hechas de madera, cables, relés, tarjetas perforadas, levas y ruedas dentadas. Algunas resolvían ecuaciones; otras seguían reglas lógicas elementales; otras simulaban decisiones automáticas. Ninguna pensaba, por supuesto, pero todas compartían algo profundamente moderno: la intuición de que la inteligencia podía materializarse en mecanismos físicos. Aquellos aparatos —hoy conservados como restos arqueotecnológicos— fueron el primer contacto del público con la idea de una “máquina que piensa”.
Los “restos” de máquinas pensantes en museos de los años 20 y 30
17 de diciembre de 2025



