La creatividad entre musas, dioses y máquinas
24 de agosto de 2025
En los albores de la filosofía griega, cuando mito y logos aún caminaban de la mano, la verdad no era algo que un hombre pudiera alcanzar por sí mismo. Parménides, hacia el siglo V a.C., abre su célebre poema siendo raptado por las hijas del Sol, doncellas divinas que lo llevan ante la presencia de una diosa. Solo ella puede revelarle el secreto del ser, la aletheia, esa verdad oculta que exige una iluminación sobrenatural para salir a la luz. En esa visión del mundo, la verdad no era fruto de la investigación racional, sino un don concedido por los dioses, inaccesible al esfuerzo humano en soledad. Siglos más tarde, Agustín de Hipona, en el siglo IV d.C., retomará esa idea en clave cristiana, insistiendo en que el conocimiento verdadero requiere de la gracia divina para manifestarse en el alma.



