Tradicionalmente, hemos hablado de la inteligencia como un rasgo humano, difícil de definir y aún más complicado de medir. Sin embargo, cuando un sistema —biológico o mecánico— formado por un grupo de individuos es capaz de satisfacer un fin en un entorno cambiante a lo largo del tiempo, parece lógico reconocerle cierto nivel de inteligencia. Esta aproximación radical, que rompe con el antropocentrismo, nos permite analizar el problema desde un punto de vista universal: no preguntarnos qué tan “humanas” son las máquinas, sino qué tan capaces son de adaptarse, coordinarse y sobrevivir.
El físico Alexander Wissner-Gross dio un paso más en 2013 al proponer una fórmula matemática para describir este concepto:
F=T∇(Sτ)F = T ∇(Sτ)F=T∇(Sτ)



