En 1970, el mundo se encontraba inmerso en una revolución tecnológica marcada por avances significativos en computación, robótica y cibernética. Japón, en particular, lideraba el desarrollo de robots industriales y comenzaba a explorar aplicaciones más humanas de esta tecnología, con robots diseñados no solo para ensamblar piezas en fábricas, sino también para interactuar con personas en contextos sociales y domésticos.
Este período coincidió con un creciente interés en comprender la relación entre humanos y máquinas, especialmente en el ámbito de la robótica humanoide, donde se buscaba que los robots fueran más atractivos y familiares para las personas. Masahiro Mori, un destacado ingeniero japonés, observó un fenómeno peculiar: mientras más humanizados eran los robots, mayor era la conexión emocional que las personas parecían establecer, hasta un punto crítico en el que esta relación se invertía y comenzaban a experimentar incomodidad o rechazo.



