Durante buena parte del siglo XX, la psicología conductista defendió la idea de que el ser humano nacía como una tabula rasa, una pizarra en blanco que la experiencia iba llenando con aprendizajes. Figuras como John B. Watson en 1913 y B. F. Skinner en los años treinta y cuarenta consolidaron la visión de que todo comportamiento podía explicarse como una respuesta a estímulos, sin necesidad de apelar a estructuras internas complejas. Esta perspectiva, que subrayaba la plasticidad infinita del aprendizaje, marcó también la forma en que los primeros investigadores imaginaron la inteligencia artificial.
El mito de la tabula rasa y el reto de imitar al cerebro humano
16 de octubre de 2025



