Desde siempre hemos creído que las palabras representan cosas del mundo. Decimos “manzana” y evocamos en nuestra mente el objeto rojo, brillante y tangible que existe fuera de nosotros. Esa visión representacionista del lenguaje es tan intuitiva que parece incuestionable. Sin embargo, la inteligencia artificial contemporánea nos ha obligado a reconsiderar qué significa realmente “significar”.
A finales del siglo XX se desarrolló la idea de las redes semánticas, donde el significado de una palabra se define en función de su posición relativa a otras palabras dentro de un sistema cerrado. En este marco, “manzana” no significa porque remita a un objeto real, sino porque ocupa un lugar geométrico respecto a “pera”, “fruta” o “árbol”. El sentido surge de la distancia y la cercanía entre nodos de una red, no de la referencia externa. Es una concepción que choca con nuestra intuición, porque convierte al lenguaje en un sistema solipsista, autorreferencial.



