A finales del siglo XIX, en un laboratorio humilde de Zaragoza primero y después en Madrid, Santiago Ramón y Cajal observó al microscopio algo que nadie antes había visto con claridad: el cerebro no era una masa continua, como sostenían los grandes fisiólogos de la época, sino una red formada por unidades discretas, perfectamente diferenciadas y conectadas entre sí. Esta afirmación —la teoría neuronal, formulada entre 1888 y 1891— revolucionó la biología, pero también reconfiguró silenciosamente el destino de la tecnología del siglo XX. Lo que Cajal vio con sus tintes de plata fue mucho más que anatomía: fue la primera imagen de lo que décadas más tarde se convertiría en una neurona artificial, la célula básica de las redes que hoy impulsan la inteligencia artificial moderna.
Cuando el cerebro se volvió un diagrama: Cajal y la revolución neurocientífica que inspiró a ingenieros y a toda la inteligencia artificial
24 de diciembre de 2025



