La máquina de von Neumann, concebida a mediados de los años cuarenta, no solo fue el germen de la informática moderna, también puede considerarse el punto de partida de la inteligencia artificial. Von Neumann imaginó que, con suficiente capacidad de memoria y velocidad de cálculo, los ordenadores podrían ir mucho más allá de ejecutar instrucciones: podrían desarrollar algo parecido a una forma de autoconciencia. En sus últimos años, esta idea tomó forma en sus investigaciones sobre los autómatas celulares, pequeños modelos matemáticos capaces de reproducir fenómenos complejos y, en su visión, quizá incluso simular procesos vitales.
El concepto de seres “digitales” no era pura fantasía. Si a la arquitectura de von Neumann le sumamos un soporte físico que todavía no podemos prever y unas capacidades de procesamiento infinitamente superiores a las humanas, aparece el escenario de entidades artificiales con dinámicas propias, difíciles de predecir. Esta intuición, que hoy resuena en debates sobre la IA generativa y la posibilidad de que los modelos avancen hacia formas de agencia más sofisticadas, ya rondaba la mente de von Neumann en los años cincuenta.



